El fin de un período histórico en Chile

Se cumple un mes de las manifestaciones masivas en el país y hay esperanzas: el gobierno y las fuerzas opositoras acordaron un emprendimiento habitual para hacer más simple lo que las calles reclaman, una exclusiva constitución que conduzca a un Chile más digno y justo.

Un individuo alza la bandera chilena en una manifestación contra el modelo barato del país en octubre de 2019.Credit…Henry Romero/Reuters

El creador es periodista y escrito chileno.

SANTIAGO — A las 2:25 de la madrugada del viernes 15 de noviembre, luego de 30 horas de sesión parlamentaria, el presidente del senado chileno leyó el acuerdo alcanzado entre todas las fuerzas reglas para la preparación de una exclusiva constitución. En abril de 2020, se organizará un plebiscito de entrada para que los chilenos voten si aprueban o no la construcción de una exclusiva carta magna y, en caso de votar que “sí”, elegir el mecanismo por medio de el cual debiera llevarse a cabo: una Convención Constituyente conformada por parlamentarios y civiles o una Asamblea Constituyente compuesta solo por ciudadanos seleccionados para este fin.

Solamente un mes atrás, costaba imaginar que la derecha chilena fuera con la capacidad de abandonar su añeja lista de principios y que la izquierda abandonara esa vanidad que la llevaba a elegir una selfi en la mitad de las manifestaciones que asumir la compromiso de conducir sus causas. Ese día, no obstante, los políticos nos sorprendieron.

Hoy, Chile está dando muestras de un republicanismo que aparentaba muerto.

La demanda por una exclusiva constitución que reemplace la de hoy, nacida en la dictadura de Augusto Pinochet, se arrastra desde la rehabilitación de la democracia, en los años noventa el porno chileno. A lo largo de los gobiernos de la Concertación —la unión de centroizquierda que lideró la transición— sufrió múltiples transformaciones y reformas, sin nunca subsanar su pecado de origen.

La constitución de 1980 representa desde el objetivo de la dictadura el último bastión ideológico de la vieja derecha de tiempos de la Guerra Fría: poco Estado, bastante mercado y una defensa integral de la propiedad privada como valor supremo. Reescribirla supone aceptar el objetivo de un período histórico.

En este mes de agitación, intentando encontrar calmar los ánimos, el presidente de Chile, Sebastián Piñera, cambió de gabinete, el ministro de Hacienda acordó con senadores de centro izquierda una reforma tributaria para incrementar la recaudación y financiar una agenda popular, algunas compañias se comprometieron a que nadie gane bastante más de diez ocasiones que otro, se tomo la decisión de limitar la reelección de los congresistas y bajar sus dietas, el gobierno firmó un emprendimiento de ley para detallar el sueldo mínimo en 350.000 pesos chilenos (aproximadamente 460 dólares) y puso sobre la mesa una secuencia de ideas para corregir los altos costos de los medicamentos, de la luz y las bajas pensiones. Pero ninguna de estas promesas lograron aplacar el enardecimiento callejero.

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Un conjunto de individuos se enfrenta a las fuerzas estatales el 15 de noviembre de 2019.Credit…Marcelo Hernández/Getty Images

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Un manifestante herido es llevado por carabineros a lo largo de las manifestaciones del 14 de noviembre.Credit…Goran Tomasevic/Reuters

La iniciativa de una exclusiva constitución —que las fuerzas reglas le boicotearon a Michelle Bachelet a lo largo de su último mandato— resucitó con fuerza como exclusiva oportunidad de recobrar la paz perdida. Bastante más de un 80 por ciento de los chilenos dijo ser partidario de cambiarla. Mientras las esquirlas del estallido popular se expandían, reclamar el reemplazo de la constitución consiguió sintetizar todas las causas dispersas en la protesta. Si en este momento sucumbe ese resabio del pinochetismo es porque las movilizaciones obligaron la urgencia de abocarse a un nuevo pacto comunitario.

La revuelta mostró que el modelo barato de mercado neoliberal instaurado a lo largo de la dictadura y continuado por la Concertación no daba para más, que de esta forma como lo conocimos no podía continuar. Por el momento no hay hambre, pero sí desigualdad. En las calles no se grita “¡pan, trabajo, justicia y libertad!” —como en tiempos de Pinochet, cuando campeaban la pobreza y la marginalidad—, sino “¡el pueblo está en la calle pidiendo dignidad!”. La pobreza se redujo de cerca de 40 por ciento en 1990, cuando empezó la democracia, a menos de un 7 por ciento en nuestros días. Los indicadores de desigualdad, no obstante, han variado poquísimo: el uno por ciento de la gente acumula más del 25 por ciento de la riqueza.

La generación que salió de la pobreza por medio de este modelo hoy llega a la vejez con una pensión ridícula, acarreando las deudas universitarias de sus hijos, pagando los remedios más caros de Latinoamérica y una vida tanto o más costosa que la de numerosos países de europa, donde los capital son muy superiores y hay una más grande custodia popular.

Sería un error sucumbir a la fantasía de que por el solo hecho de existir una exclusiva carta magna, nuestros reclamos sociales se van a convertir de todos modos. Es la convocatoria a que todos concurran en su confección lo que podría pacificar al país, admitir que nadie sobra y seguir al Chile democrático e inclusivo que deseamos.

Quienes han marchado reclaman superiores jubilaciones y salud dignas, pero más que nada desean ser escuchados y tomados presente. Si el desarrollo constituyente se impuso, es para prestarles atención.

En Chile está todo listo para ofrecer un salto en nuestro nivel de avance. Falta Estado, y nos encontramos todos en concordancia. Hablamos de repartir provecho más que de dejar la pobreza, y para eso requerimos políticos capaces de transformar el descontento y la protesta en un emprendimiento habitual y posible.

Hasta la semana anterior pensaba que no lo conseguiríamos: en las calles cundía la devastación, el enfrentamiento parlamentario aparentaba ensimismado y La Moneda no mostraba aptitud para parar la desbandada. Varios temimos que Chile se desbarrancara. Pero la sensatez y compromiso parecen haber conquistado de repente la política: el oficialismo y la oposición entendieron que llegar a un convenio era más relevante que tener toda la causa. La oposición admitió el quórum de 2/3 de los votos y la derecha transó que de no conseguirse el asunto se entregaba al enfrentamiento parlamentario. Oséa, la novedosa constitución se escribirá sobre una página en blanco y no desde la de hoy.

Aunque todavía hay desconfianza en que la clase política esté a la altura de este fin de período y las manifestaciones callejeras siguen, se siente un ámbito más distendido. La normalidad no va a volver de golpe y es de aguardar que la creación de este nuevo estadio de avance cultural deba lidiar con múltiples obstáculos: vanidades, altisonancias, egoísmos e intereses de toda clase.

Entendemos que cuando la política se aísla y deslegitima, crea monstruos —los hemos visto— y entendemos que hay dirigentes autoritarios y demagogos que están aguardando la oportunidad de prometernos cambios milagrosos en los márgenes de la democracia. Por esa razón urge reconstruir la red social política perdida, donde ningún ciudadano, ni bando, sienta que no se considera. Ese es el enorme reto del desarrollo constituyente que empieza.

Patricio Fernández es escritor y principal creador y director de la revista chilena The Clinic. Su libro más reciente es Cuba: Viaje al fin de la revolución.